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EL MAPA DEFINITIVO DEL CEREBRO FEMENINO

El impacto real de las grandes transiciones hormonales

Un estudio en ‘Nature Communications’ con más de 1.000 mujeres revela que la pubertad y el embarazo remodelan la materia gris del cerebro, mientras que la menopausia frena temporalmente su pérdida natural.

La neurociencia ha dado históricamente la espalda a la mitad de la población. Apenas entre el 2% y el 6% de los estudios del cerebro se realizan exclusivamente en muestras de mujeres. Esta brecha de género ha obviado los procesos biológicos más cruciales del ciclo vital de la mujer. Ahora, un estudio longitudinal publicado en Nature Communications ha analizado las tres grandes transiciones hormonales del cerebro femenino: la pubertad, el embarazo y la menopausia.

«Durante mucho tiempo parecía que las hormonas no se tomaban en serio en ciencia; no se tenía noción de su enorme impacto en el cerebro«, aporta una de las autoras de la investigación, Elseline Hoekzema del Pregnancy Brain Lab de la Universidad de Ámsterdam. La coautora Sophie van ‘t Hof, del Centro Médico Universitario de Ámsterdam (AUMC), apunta que este retraso procede de excluir a las mujeres en las investigaciones con la excusa de su fluctuación hormonal «siempre me ha parecido alucinante; como investigadora buscas estudiar sistemas complejos, y la interacción entre cerebro y hormonas es de lo más fascinante».

Los resultados de la investigación liderada por Van ‘t Hof y Hoekzema y basados en resonancias de 1.095 participantes, muestran que la adolescencia (marcada por la llegada de la primera regla) y la gestación provocan una drástica reorganización cerebral con reducciones de materia gris cortical.

Esto responde a un proceso de especialización del neurodesarrollo en la primera etapa. Durante el embarazo, la disminución se localiza de forma muy precisa en regiones de la corteza de asociación, la red neuronal por defecto y las redes de la teoría de la mente, áreas que regulan la cognición social, la autorreferencia y la empatía. Esto supone una remodelación adaptativa destinada a facilitar las conductas de cuidado materno y el vínculo biológico con el bebé.

Pubertad y embarazo: la ‘poda’ de materia gris que prepara al cerebro para la maternidad

«Conocemos desde hace años que el cerebro cambia en el embarazo o la adolescencia, pero nunca se habían puesto junto a la menopausia, la gran desconocida«, cuenta a como recoge Science Media Center (SMC), Sandra Doval Moreno, doctora en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y profesora docente investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja. «Pubertad y embarazo conllevan una pérdida de sustancia gris en la corteza de asociación, como si el cerebro se estuviera ‘podando’ de forma parecida».

Los datos revelan que la menarquia conlleva una tasa de reducción mensual de materia gris del -0,16%. En las embarazadas, la disminución mensual es del -0,12%. Aunque este encogimiento alarma, las autoras cambian la narrativa. «La gente asocia estas reducciones a pérdidas cognitivas«, aclara Van ‘t Hof. «Pero al ver que ocurre igual en la pubertad, cambia la perspectiva hacia un proceso de ajuste fino o refinamiento cerebral (neuro fine-tuning): un cambio adaptativo y especializado, no dañino». De hecho, se consolida el concepto de ‘matrescencia’, definido como el nacimiento de una madre, como un espejo biológico de la adolescencia.

En las madres, esta remodelación se concentra en regiones de la cognición social y la empatía para facilitar el vínculo. No obstante, este cableado rápido entraña vulnerabilidad emocional. Desde la Sociedad Española de Neurología, Susana Arias advierte de que «esa remodelación masiva y rápida en periodos de alto estrés neuroendocrino hace que pueda ser una ventana de alta vulnerabilidad para el comienzo o la recaída de trastornos neuroafectivos».

Menopausia: por qué el cerebro deja de perder volumen durante la transición

La sorpresa científica llega con la madurez. Mientras que las mujeres premenopáusicas y postmenopáusicas estables sufren una pérdida progresiva de materia gris por el envejecimiento natural, aquellas las que están en plena etapa mantuvieron su volumen intacto.

«El estudio muestra una congelación o atenuación de la pérdida de volumen durante la transición a la menopausia; una dinámica neurobiológica claramente distinta», señala Arias. Ante la caída de estrógenos y progesterona, el cerebro suspende provisionalmente su habitual atrofia por edad.

Ante esto, Van ‘t Hof pide cautela: «Vimos una pausa en el descenso de materia gris, pero los efectos estaban distribuidos por todo el cerebro y su tamaño es muchísimo menor que la inmensa remodelación de la pubertad y el embarazo. En la menopausia, los efectos son mucho menores». Para Sandra Doval, este hallazgo «abre una vía interesante para pensar en la plasticidad cerebral femenina... como algo que podría ir en ambas direcciones, y no como un simple declive».

Limitaciones del estudio: por qué no se puede hablar todavía de ‘niebla mental

La comunidad científica recalca que todavía estamos en una fase preliminar. «El volumen cerebral es una medida macroscópica que no permite identificar cambios a nivel celular ni alteraciones funcionales», puntualiza Rafael Romero García (Universidad de Sevilla), como recoge SMC. Además, advierte de que «al tratarse de un estudio observacional, no permite establecer una relación causal entre cambios hormonales y cambios cerebrales».

Relacionar estos datos con síntomas como la «neblina mental» es un error común. Las autoras son tajantes: «Es de suma importancia no vincular cambios estructurales con el funcionamiento cognitivo; no disponemos de datos de rendimiento», aclara Van ‘t Hof. A esto, Hoekzema añade que «existe una queja subjetiva de pérdida de memoria en las madres, pero aún no sabemos si se refleja en la función cerebral; estamos investigándolo ahora».

«Estamos ante la base fundamental», argumenta Hoekzema, que comenta, además, que «antes de buscar vías clínicas, primero es obligatorio mapear qué sucede en el cerebro como un todo en la población sana». Factores no controlados, como el estrés, el sueño, el uso previo de anticonceptivos o variables socioeconómicas, podrían explicar parte de la variabilidad observada en las participantes.

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