La memoria, la atención, la concentración y la toma de decisiones pierden eficacia con las altas temperaturas. Te explicamos cómo limitar los efectos del calor en tu mente a través de la hidratación, la alimentación y el sueño.
«Se me funde el cerebro». «Con este calor no puedo ni pensar». En estos días de temperaturas tropicales, todos lo hemos dicho o pensado alguna vez. Y no es una simple sensación física. Cuando el termómetro sube, no solo sufre el cuerpo: el cerebro también se ralentiza. La memoria, la atención, la concentración y la capacidad de tomar decisiones se vuelven menos eficientes.
Esto ocurre porque nuestro organismo se ve obligado a destinar gran parte de sus recursos a una prioridad absoluta: liberar calor y mantener estable la temperatura corporal.
«No nos volvemos menos inteligentes, pero sí menos brillantes», explica Maria Salsone, jefa de la Unidad de Neurología y de la Unidad de Ictus del IRCCS Policlínico San Donato y profesora de Neurología en la Universidad Vita-Salute San Raffaele en Italia. «El calor intenso y prolongado altera el metabolismo cerebral. El estrés térmico activa las llamadas proteínas de choque térmico (HSP), que protegen a las neuronas de las altas temperaturas pero consumen muchísima energía. Esta respuesta adaptativa tiene un coste muy alto y dispara la demanda energética del cerebro».
El cerebro en «modo ahorro de energía»
Cuando la temperatura corporal aumenta, el hipotálamo (la «centralita» de la termorregulación de nuestro cuerpo) entra en acción con un único objetivo: enfriarnos lo antes posible. Para lograrlo, el organismo utiliza dos vías bien diferenciadas.
Por un lado, activa una estrategia conductual que nos impulsa a buscar la sombra, beber más agua, vestir ropa ligera y evitar cualquier esfuerzo físico en las horas centrales del día. Por otro lado, pone en marcha una respuesta automática a través del sistema nervioso: mediante neurotransmisores como la acetilcolina, la serotonina, la dopamina y la noradrenalina, se desencadena la vasodilatación cutánea y la sudoración, que son nuestros principales mecanismos para liberar calor.
El precio que pagamos por este esfuerzo de refrigeración es una reducción temporal de los recursos destinados a las funciones cognitivas. La neuróloga señala que el cerebro entra en una especie de modo de ahorro de energía. En esta situación, se reduce el flujo sanguíneo y el aporte energético en áreas clave como la corteza prefrontal y el hipocampo, que son las responsables de la atención, la memoria, la planificación y la resolución de problemas. Por esta razón nos sentimos más lentos, nos distraemos con mayor facilidad y cometemos más errores de lo habitual.
Temperaturas críticas: ¿a partir de cuántos grados fallamos?
La doctora Salsone aclara que no existe un umbral térmico único para todo el mundo, ya que en el rendimiento influyen muchos factores personales y ambientales, como la humedad, el tiempo de exposición, el nivel de hidratación, la aclimatación previa, la edad y el estado de salud de cada individuo.
Sin embargo, la ciencia sí ha logrado identificar con bastante precisión cómo responde nuestra mente según los grados que marque el termómetro. El cerebro trabaja en su nivel óptimo de rendimiento en una franja templada, situada entre los 20°C y los 25°C. A partir de los 25°C o 27°C, la capacidad cognitiva empieza a disminuir de forma progresiva. Si el termómetro supera los 30°C, la falta de atención, la lentitud al procesar la información y la pérdida de agilidad mental se hacen más que evidentes.
El escenario se complica todavía más al alcanzar temperaturas de entre 32°C y 35°C, especialmente si hay mucha humedad en el ambiente, ya que en ese punto se dispara la fatiga mental, los tiempos de reacción aumentan notablemente y cuesta tomar incluso las decisiones más sencillas. La experta advierte de que incluso los pequeños aumentos de temperatura pueden alterar directamente la actividad de las neuronas y desequilibrar los circuitos cerebrales.
Cuidado con el golpe de calor: una urgencia médica
Es vital no confundir el agotamiento por calor común con un golpe de calor, que constituye una emergencia médica real. Por una parte, el agotamiento por calor provoca principalmente fatiga extrema, debilidad, sudoración abundante y, en ocasiones, molestos calambres musculares. Por otra parte, el golpe de calor ocurre cuando los mecanismos de termorregulación colapsan por completo y la temperatura del cuerpo supera los 40°C.
En este último caso, el cerebro sufre un impacto directo y grave. Pueden aparecer síntomas alarmantes como confusión mental repentina, dificultad para hablar o vocalizar con claridad, problemas para responder a preguntas muy sencillas, alteraciones de la conciencia, convulsiones o incluso desmayos.
La doctora insiste en que estos síntomas son una señal de alarma clara para llamar de inmediato al 112. Cada minuto cuenta en esta situación, ya que el calor extremo puede dañar las neuronas de forma directa, siendo algunas zonas como el cerebelo y el hipocampo especialmente vulnerables a estas temperaturas extremas.
Las noches tropicales también pasan factura
El calor diurno no es el único enemigo del rendimiento mental. Las llamadas noches tropicales, aquellas en las que el termómetro no baja de los 25°C, destrozan la calidad del descanso justo cuando el cerebro más necesita recuperarse del esfuerzo diario.
La experta apunta que el descanso nocturno es el momento clave en el que el sistema nervioso se repara del estrés térmico acumulado durante el día. Si el sueño es interrumpido o de mala calidad, esa recuperación no se produce adecuadamente y el agotamiento se va acumulando jornada tras jornada. Los mayores son los más vulnerables a este fenómeno, ya que con el calor duermen menos, su sueño se vuelve más ligero y la recuperación cerebral resulta menos eficaz.
Cinco pautas sencillas para proteger tu cerebro del calor
Para minimizar el impacto de las altas temperaturas en nuestro rendimiento mental, basta con incorporar una serie de hábitos muy sencillos a nuestra rutina diaria. En primer lugar, es fundamental beber agua constantemente a lo largo de todo el día sin esperar a tener sensación de sed, una pauta que cobra especial importancia en las personas mayores de 65 años, que van perdiendo de forma natural la alarma de la sed. Asimismo, conviene apostar por digestiones ligeras y priorizar comidas frescas y ricas en frutas y verduras de temporada, que aportan un extra de hidratación muy valioso.
Otro de los grandes aliados en estos días calurosos es una combinación sorprendente: el café con chocolate negro (con un mínimo del 75% o 80% de cacao). Concederse una taza pequeña de café acompañada de unos 20 o 30 gramos de este chocolate ayuda a combatir el estrés oxidativo gracias a su contenido en cafeína, flavonoides y polifenoles, mejorando además el microriego sanguíneo en el cerebro al favorecer la producción de óxido nítrico.
Por último, para garantizar el bienestar general y proteger nuestra mente, resulta clave intentar mantener el interior de las viviendas por debajo de los 27°C, recurriendo a ventiladores, aire acondicionado o paños fríos aplicados en zonas estratégicas como el cuello, las sienes o las muñecas. Todo ello debe acompañarse de una norma básica de prevención: evitar salir a la calle o realizar actividades físicas intensas durante las horas de máxima radiación solar, que suelen comprender la franja entre las 11.00 de la mañana y las 18.00 de la tarde.
Fuente: Cristina Ravanelli, Corriere della Sera, 14 julio 2026
























